14 de abril de 2026
7 de abril de 2026
4 de abril de 2025
19 de abril de 2024
3 de abril de 2023
La emoción comienza con el mero hecho de elegirlo de la estantería. Una vez escogido, buscamos un sitio cómodo y nos recreamos en la portada, en sus ilustraciones y en las particulares formas de las letras. Inmediatamente después de abrirlo da comienzo el hechizo: un sinfín de signos de apariencia incomprensibles para el niño son convertidos por el adulto en sonidos que a su vez forman palabras e historias que marcarán a quien las lee y a quien las escucha.
He tenido que esperar demasiado para volver a leer en voz alta. Han debido pasar casi cuarenta años para acompañar de nuevo a alguien en la aventura que supone sumergirse en los libros. Hace mucho mucho tiempo y justo antes de dormir, yo me acomodaba en la cama de mi hermano y, poco a poco y de manera todavía insegura y dubitativa, le iba descubriendo los significados de las letras y las palabras y las frases. No recuerdo qué cuentos le leía, pero sí la sensación de vivir juntos un momento mágico y la convicción de que aquellas lecturas compartidas fueron fundamentales para nuestro vínculo como hermanos. Ahora, casi cuatro décadas después, vuelvo a tener esta maravillosa oportunidad: puedo ser testigo del asombro que una buena historia provoca en el rostro de un niño absorto en la narración. Formo parte de una cadena de lectores en la que cada eslabón es imprescindible para que la fascinación por las palabras se mantenga en el tiempo. Los niños, absortos hoy en la lectura, mañana serán los narradores; de la palabra escuchada a la palabra pronunciada.
Se dice a menudo que los libros son puertas, pero a veces se olvida que, al principio de nuestras vidas, no siempre somos capaces de abrir las que nos vamos encontrando. No es difícil recordar el esfuerzo titánico al intentar alcanzar aquel picaporte que siempre se escurría entre nuestros dedos infantiles y como, en muchas ocasiones, era la mano de una madre, un padre o una abuela la que finalmente giraba la manivela. Algo similar ocurre con la lectura: antes de saber descifrar los misterios del alfabeto carecemos de la clave que nos permitirá abrir por nosotros mismos esas puertas que son los libros. Ahí es donde el papel del adulto se convierte en fundamental. El placer de escuchar historias se crea en la primera infancia, y ese deleite está en la base misma de la posterior afición por la lectura. Si nadie nos cantó, nos contó ni nos leyó antes de dormir, será difícil que al crecer amemos los libros, por lo que es fundamental que les leamos a las niñas y los niños que nos rodean. Solo así sembraremos semillas de palabras que germinarán en futuros lectores.
La casa en la que vivimos suele tener una única puerta que nos comunica con el exterior. Sin embargo, si somos capaces de construir dentro de ella una buena biblioteca, nuestro hogar no tendrá una única puerta, sino tantas como libros hayamos reunido. Descubramos esos libros y traspasemos esos umbrales para vivir otras vidas y viajar en el tiempo y en el espacio. Y nunca olvidemos a quienes nos leyeron en voz alta en «aquellos días azules y bajo aquel sol de la infancia», porque fueron la llave que abrió por vez primera el cofre del tesoro donde se guardan todas las historias.
¡Feliz día del libro 2023!
18 de abril de 2022
Manifiesto Día del Libro 2022
Ana Iris Simón
En segundo de primaria, cuando tenía siete años, un ratón se nos coló en la clase mientras dábamos inglés. No recuerdo si estábamos aprendiendo los colores, los animales o cantando esa canción que enumera las partes del cuerpo, pero sí me acuerdo de que todos nos asustamos mucho. Incluso Isabel, la profesora de Inglés, se puso a vocear y se subió a la mesa al ver al pequeño roedor entrar en el aula y cruzarla entera.
Después llegaron Marcial, el bedel, que echó al animal no recuerdo como, y Rosa, nuestra profesora de Lengua. Le explicamos el incidente, excitadísimos, durante toda la hora de clase, así que nos mandó de deberes para el día siguiente contarlo todo en una redacción. Cuando llegué a casa, le expliqué a mi padre lo que había ocurrido y que tenía que hacer una redacción contándolo. Y me respondió que, si nosotros nos habíamos asustado, el pequeñísimo ratón seguramente habría pasado pavor teniendo que cruzar una clase con un montón de humanos gritando, incluidos niños y una profesora de inglés.
Aquella tarde escribí la historia, como me había sugerido mi padre, desde el punto de vista del ratón en lugar de desde el mío. También aprendí una de las mayores lecciones de literatura de mi vida: que, de vez en cuando, hay que ser el ratón. Que si los cuentos, que, si los libros tienen sentido, es porque nos permiten viajar, aunque no tengamos para pagarnos siquiera el pasaje de Ryanair.
Los libros nos llevan a otros lugares, de la Ítaca de Odiseo al desierto del Sáhara en que apareció El Principito. A distintas culturas, de la mano de Las mil y una noches o la Bhagavad-gita. Pero también a otros tiempos, pasados y futuros, mejores y peores. Y a otras pieles, como la del ratón.
En segundo de primaria, cuando empecé a intuir lo que era la literatura gracias a mi padre y al ratoncillo desorientado, apenas había leído un par de libros o tres. Alguno de El Barco de Vapor, recopilaciones de versos de Gloria Fuertes. Pero un par de años después, en Ontígola, el pueblo de Toledo en el que vivía, abrieron una Biblioteca Municipal.
Allí conocí a Carmen, la bibliotecaria, que se convirtió para mi yo de diez años en una amiga. Me pedía ayuda para decorar la Biblioteca cuando llegaba Navidad, me contaba cosas en su despacho mientras catalogaba los cuentos y me recomendaba libros. Sobre todo, me recomendaba libros.
Tendría trece cuando llegué, no sé si por casualidad o porque ella me lo dijo, al Réquiem por un campesino español de Sender. Y comprendí que los libros tienen sentido porque nos hacen viajar, sí, pero también porque nos hacen quedarnos. Aquellas historias de hambre y miseria, de callos en las manos y gachas para comer varios días en semana me sonaban mucho de habérselas oído a mis abuelos, como después me sonarían las de Delibes o las crónicas de Carandell. Y entendí que los libros sirven, además de para visitar otros cuerpos, otras culturas e incluso otros tiempos, para hacer permanecer los propios.
Para sentir que nuestras vidas, aunque no tengamos un caballo llamado Bavieca ni andemos buscando el Grial o la espada Excalibur, merecen no solo ser vividas, sino también contadas. Para construir nuestra propia memoria, la de nuestra familia, la de nuestro pueblo, y hacerlos así eternos.
Así que os deseo un feliz 23 de abril y que nunca dejéis de viajar con los libros, pero tampoco de quedaros. Que los devoréis, pero que también los creéis vosotros mismos. Que disfrutéis de las historias ajenas, pero que sintáis que las propias también merecen quedar en negro sobre blanco.
12 de abril de 2021
Manifiesto escrito por Jesús Carrasco:
18 de abril de 2020
Manifiesto del Día del Libro en Castilla-La Mancha
22 de abril de 2019
Universidad de Murcia












